Caos Genérico

martes, junio 17, 2008

El Hombre Araña

Hoy estaba sacando fotocopias en una mini imprenta dentro de una galería, en la calle Lavalle.

Alpedeando, aburrido, levanto la vista y veo que en la vidriera, algún antisocial de uñas largas había rasqueteado las letras que se encontraban adheridas a ella.

Sé que en momentos de angustia uno hace cualquier pelotudes, como morderse las uñas, tirarse del pelo, empujar viejas por la escalera... pero... rascar una letra en una vidriera?!

Aparte, en qué momento tenes la chance de hacer ese tipo de destrozo? Si cuando la galería está abierta siempre hay gente en el local, que era de 2 x 2 y pura vidriera con letras.

Es decir, el boludo que arranca las letras se toma el tiempo de actuar encubierto, entre sombras igual de boludas que él, aprovechando la tranquilidad de un negocio cuando nadie mira. Sospecho del que cuida la galería, voy a investigar si anda con las uñas largas.

Y los que arrancan las publicidades de las paredes? Que recompensa se puede obtener de hacer bosta un volante que dice "enseño inglés" ?! O dibujarle un bigote a Natalia Oreiro en una pared. O plasmar una pija voladora aterrizando en el bigote de algún político...

Este tipo de "arte del exabrupto" es una prueba más de aquello que no necesita pruebas: somos destructivos, y tenemos mucho tiempo al pedo. Podría agregar a este esbozo de teoría que "la tenencia de marcador indeleble genera presunción criminal".

Enfrente de casa tengo un taller mecánico de paredes blancas. Cada tanto pintan, no porque su fin último sea obtener el blanco "Ala", sino porque siempre pasa algún corazón con complejo de pintor y le escracha un "Gordi te quiero", o "Pame perdoname", o "Vendo Renault Clio Full Full".

Noto con cierta bronca que cada vez duran menos las paredes limpias. No se si es porque hay más enamorados o porque la venta de coches se fue para arriba. Pero es atractivo ver esta guerra pinturera que se desarrolla en la pared del taller.

Será que la maldad y el aburrimiento se mezclan de maneras poco ortodoxas, y generan resultados de este estilo.

Seguramente esos que van por la vida arañando los carteles ajenos, tienen bajo las uñas una frustración animalezca sin correa. Bienaventurados los que sepan expresar su amor sin mancharse las manos.


AtroZ.

jueves, marzo 30, 2006

El Instinto de las Fieras

El dragón vaga por los oscuros bosques de la ira y los sueños.

Es fatal, es imperceptible. Se mueve en las sombras olfateando, refunfuñando en silencio. Sabe que le dan caza, quiere un claro para levantar vuelo... se muere de libertad.
Hambre... miedo.
El monstruo se escabulle entre los espinos, se lastima a cada paso. Detrás suyo cientos de ínfimos ilusos. Lo acechan, se le acercan.

El dragón alcanza el claro, extiende unas sucias y deshechas alas. Aletea, se eleva, saborea el aire una vez más. La sangre le hierve.

Sus asesinos salen de la maleza, heridos, pero alimentados por la venganza.

Su supuesta víctima ya no está en el claro, no hay rastro de la ira del dragón sobre estas tierras.
El cielo está oscuro, las nubes prometen tormentas.
Rápida como una flecha, la silueta del dragón se materializa contra la luna. Emprende un clavado a toda velocidad y arremete contra sus perseguidores.

El primer zarpazo cobra suficientes vidas. el dragón está ciego de rabia, el combate será épico.
Los hombres atacan con endebles lanzas y espadas. Por cada corte, por cada herida, decenas de cuerpos desmembrados se estrellan contra la espezura.
La bestia se endereza. Está mal herida, Tiene una pata rota y una lanza en el cuello. Aún así permanece erguida, siente como aumenta la temperatura del mango clavado en su cuello. Sus ojos se inyectan en sangre.
Los hombres ganan confianza y se acercan arrojándole todo elemento al alcance de sus manos. El dragón está casi vencido, parece vomitar su propia vida.

Y lo hace.
En una regurgitación fantástica escupe un infierno de fuego sobre sus desprevenidos atacantes. Las exhorbitantes llamas arremeten contra carne, metal y piedra, provocando en segundos un espantoso remolino de cenizas que se eleva al instante.
Hay un momento de silencio, casi eterno, roto sólo por el estruendoso choque del cuerpo del dragón en la hierba chamuscada. El bosque se incendia, el animal siente como su garganta le produce un ardor letal que lo derriba. El aire denso permanece inmóvil. El silencio retorna.
Tras un roble carbonizado se alcanza a distinguir la figura de un caballero agazapado.

El hombre deja su escondite, toma una espada medio fundida y se acerca hasta la gran cabeza del monstruoso ser. Lo mira a los ojos. Con un golpe certero entierra el truncado filo en la carne transpirada y escamosa. El caballero cae de rodillas. A pesar de estar cubierto tiene grandes quemaduras y más de una herida mortal. Bañado en sangre intenta una sonrisa de alivio. Ya casi no puede moverse.

Así, de rodillas, advierte que el monstruo no ha muerto. Ve con terror como unas terribles fauces se abren delante suyo. Se encomienda a sus dioses y reconoce la victoria de esos enormes colmillos en su torturada carne.

El dragón se incorpora dolorosamente. Sabe que no le queda mucho tiempo. Aletea como puede, hasta el lugar donde todo empezó. En las orillas del bosque, al lado del castillo.

Entre unos arbustos rescata el cuerpo mutilado de una mujer, hasta hace apenas unos minutos una bella y vivaz princesa. La coloca en su boca y levanta el vuelo.

Tiene los minutos contados, y por eso el esfuerzo es supremo. Logra llegar hasta una caverna oscura, en la cima de los montes linderos. Con un gruñido despierta a los grotescos seres que la habitan. Tres pequeños dragones, jovenes e inexpertos, responden al llamado.

Hambrientos, le quitan el cuerpo de la boca a su madre y comienzan a devorarlo. La dragona trastabilla, su cuerpo se echa hacia el vacío, y antes de caer al abismo se da cuenta que un rastro de sangre ha unido el bosque con su escondite. La brutal caída acaba con su vida.

Los dragones pequeños no se interesan por el ruido del impacto. Ni de los ruidos que provienen del vacío. Ruidos de cascos y espadas, de gente trepando. Se alimentan desesperados, sin ver los ojos que los acechan, las sombras que se les acercan. Los brillantes filos que los apuntan...

AtroZ

Fall

Se ha hecho lo imposible, se han violado los extremos. Se ha inventado lo inalcanzable, ideado lo terrible.


Con fiera potencia de política indiscriminada, apuntan nuestros cañones a los límites de tu grandeza de antaño. Jalaremos el gatillo, hacia tu sonrisa devastada, lloverá muerte en tu campo fertilizado con balas. No habrá presos políticos, ni crímenes de guerra, ni jaulas.

Se han firmado los papeles, sellado los destinos, notificados los desmanes. Brilla en mi copa una danza de víctimas que no entienden de inocentes. Y el fuego abrazador ya saborea sus camas.

Enfervorizados, con sed de tinieblas, al ritmo de botas poco alegres que patean sueños y puertas, desgarrarán mis órdenes la carne de tu desvarío.

Se traicionó la tregua, se maldijo al destino. Queremos que en cada herida se torne indiscutible el devenir de las cosas.

Y cuando logre robar tus banderas, apagar tu discurso y empañar tu cara, me sentaré en un trono de pasado a esperar que entiendas todo cuando hablemos de mañana.


ATroZ

miércoles, marzo 29, 2006

Per Fec Ta


Marcel esperaba a la mujer perfecta.

Todas las noches cerraba los ojos soñándola con mil caras, disfrutándola de mil formas. Cuando salía a la calle, la buscaba en los lugares más recónditos, sabía con seguridad que las mujeres perfectas no esperan en las esquinas, y otros lugares comunes.

Ejercitaba sus frases más célebres delante del espejo, y hasta hizo un curso de masajes para mimarla cuando apareciera. Aprendió de flores, de música y de baile. Tenía una lista de posibles confiterías donde comprarle bombones, se afeitaba a diario.

Una tarde, trotando en la plaza, creyo reconocerla entre la gente.

Se acercó con la convicción del que no ha perdido la esperanza, se arrodilló ante ella y le mostró, tras una gala de respeto, el anillo de compromiso que tenía guardado desde siempre.

Ella le preguntó si él era el hombre perfecto que siempre había esperado.

No hubo bombones, ni flores, ni música ni anillos que le dieran el permiso a Marcel de contestar que si.

Se casó con una vecina, con la que aún vive.

Por las tardes, Marcel mira la ventana, y cuando ve alguna mujer perfecta pasar, le tira una flor y se esconde tras de la cortina.


- AtroZ|Sh!

Suerte Para Célebres




A menudo el gran Etiredon adivinaba el futuro. Nunca mejor dicho, puesto que el no tenía un don divino, ni disfrutabas de visiones o siquieras pistas o datos sueltos de lo que deparaba el porvenir.
Aún así, el tipo se tenía una confianza envidiable.

Desde pequeño, Etiredon aventuraba destinos y destinaba aventuras a sus compañeritos de primaria y aún a sus propias mascotas. Así fue que predijo que su gato con manchas sería vilmente asesinado, y a modo de autocomprobación, lo persiguió dos cuadras con un palo. Afortunadamente, el animal no creía en horoscopos y se perdió como pudo entre los pasajes del barrio.


Esto no fue desalentador para nuestro amigo, quien supuso que alguien en algún lado, iba a cumplir con lo prometido.
Se lo veía entrar a un salón, poner lo ojos en blanco y sentenciar, sin mayor argumento, que a tal o cual le iba a caer mal la sopa, y que la señorita de la mesa 3 le sería infiel a su pareja con el joven de la mesa 28. Esto, aunque le pese a la razón, provocaba que nadie tocara la sopa y que decenas de machos decididos se pelearan por ocupar la bendita mesa 28. Etiredon no cobraba sus servicios futurezcos, puesto que se pensaba como un mero peón de fuerzas superiores.

Así fue que un día, quien sabe si por autoconvencimiento o mero esfuerzo del intelecto, Etiredón tuvo una premonición real.
Se vio a sí mismo, viejo y solo, leyendo revistas añejas y bebiendo de una copa sucia. El miedo de aquella revelación no le impidió ver la oportunidad en todo aquello: Indudablemente Etiredon llegaría a viejo.

Montó un espectáculo monumental, en plena plaza de algún pueblo, donde, después de adivinar quién sería atacado por un dálmata rabioso un jueves lluvioso, y quien sufriría las consecuencias de extrema ingesta de tortitas negras, se propuso, por una colaboración mínima, a desafiar a la muerte.
La gente abonó sin vacilar, y ubicados todos en sus lugares, se escuchó una voz estremecedora. Haciendo ruidos en el micrófono, debido a que el presupuesto con el que contaba no permitía despilfarre en efectos de sonido, Etiredon advirtió a la sorprendida audiencia que él habia visto su propio destino.

Luego de una breve cháchara bufonezca, y algunos ruidos más de su garganta, el adivino levantó un sable que le había dejado un abuelo o un tío, y se lo enterró sin suspenso en el pecho.
MIentras lo asistían, ahi tirado en el suelo, en un charco de sangre y decepción, Etiredon comprendió que algo había fallado.

Mientras cerraba los ojos, se perdía en los planes del espectáculo de mañana, donde usaría algo más pequeño para apuñalarse, a fin de no manchar tanto el escenario.
Jamás perdió la fe en su supuesta destreza. Aún así, nunca supo que lo velaron un día jueves lluvioso, en que un dálmata rabioso mordió al hijo del dueño de la tintorería. Ni que la señora del Sereno casi muere de un empupe brutal de tortas negras. Y es el día de hoy, en que algunos muchachos malintencionados se acercan a su tumba con el fin de adivinar en que mesa les conviene sentarse.

AtroZ|Sh !

jueves, noviembre 17, 2005

Silueta

Abre una puerta que da a lo más oscuro de su ser. La empuja con firmeza, como si ella pudiera escaparse o quisiera hacerlo. Cuando su endeble figura se adentra en la apagada habitación, la mira a los ojos como hablándole, o como callándose todo.

Cierra despacio, y cuando se cuelan un par de haces de luz puede verse en tinieblas un montón de sombras que avanzan con curiosidad. Se preguntan, seguramente, si les toca bailar al menos por unos segundos.

Pero la puerta azota su marco con furia, y él vuelve una espalda sin límites a lo que en otras épocas era un umbral de trofeos.

Ahora no hay premios en esa lúgubre estancia. Ellas son un número raro que él dejó de contar hace tiempo. Cuando el ego mordio tierra y las cicatrices mostraron una cara casi vulgar... casi real.

A medida que avanza por el pasillo, se jura no volver a transitar por estos recuerdos. Es una promesa que siempre retorna, cada vez que se rompe y él encierra una nueva sombra en su paraíso de desconocidos.

Siente en sus labios la soledad del beso que aún no se ha sentido.

lunes, noviembre 14, 2005

Vértigo

Comprendió tarde que las almas no tienen motivos.

Darse a la fuga con un rastro tan fuerte le sonaba a precipicio.

Y vamos, él nunca alimentó ilusiones con galletas de la suerte.

Selló su destino con tinta indeleble, para tener al menos una elección que recordar de su vida.