El Instinto de las Fieras
El dragón vaga por los oscuros bosques de la ira y los sueños. Es fatal, es imperceptible. Se mueve en las sombras olfateando, refunfuñando en silencio. Sabe que le dan caza, quiere un claro para levantar vuelo... se muere de libertad.
Hambre... miedo.
El monstruo se escabulle entre los espinos, se lastima a cada paso. Detrás suyo cientos de ínfimos ilusos. Lo acechan, se le acercan.
El dragón alcanza el claro, extiende unas sucias y deshechas alas. Aletea, se eleva, saborea el aire una vez más. La sangre le hierve.
Sus asesinos salen de la maleza, heridos, pero alimentados por la venganza.
Su supuesta víctima ya no está en el claro, no hay rastro de la ira del dragón sobre estas tierras.
El cielo está oscuro, las nubes prometen tormentas.
Rápida como una flecha, la silueta del dragón se materializa contra la luna. Emprende un clavado a toda velocidad y arremete contra sus perseguidores.
El primer zarpazo cobra suficientes vidas. el dragón está ciego de rabia, el combate será épico.
Los hombres atacan con endebles lanzas y espadas. Por cada corte, por cada herida, decenas de cuerpos desmembrados se estrellan contra la espezura.
La bestia se endereza. Está mal herida, Tiene una pata rota y una lanza en el cuello. Aún así permanece erguida, siente como aumenta la temperatura del mango clavado en su cuello. Sus ojos se inyectan en sangre.
Los hombres ganan confianza y se acercan arrojándole todo elemento al alcance de sus manos. El dragón está casi vencido, parece vomitar su propia vida.
Y lo hace.
Y lo hace.
En una regurgitación fantástica escupe un infierno de fuego sobre sus desprevenidos atacantes. Las exhorbitantes llamas arremeten contra carne, metal y piedra, provocando en segundos un espantoso remolino de cenizas que se eleva al instante.
Hay un momento de silencio, casi eterno, roto sólo por el estruendoso choque del cuerpo del dragón en la hierba chamuscada. El bosque se incendia, el animal siente como su garganta le produce un ardor letal que lo derriba. El aire denso permanece inmóvil. El silencio retorna.
Tras un roble carbonizado se alcanza a distinguir la figura de un caballero agazapado.
El hombre deja su escondite, toma una espada medio fundida y se acerca hasta la gran cabeza del monstruoso ser. Lo mira a los ojos. Con un golpe certero entierra el truncado filo en la carne transpirada y escamosa. El caballero cae de rodillas. A pesar de estar cubierto tiene grandes quemaduras y más de una herida mortal. Bañado en sangre intenta una sonrisa de alivio. Ya casi no puede moverse.
Así, de rodillas, advierte que el monstruo no ha muerto. Ve con terror como unas terribles fauces se abren delante suyo. Se encomienda a sus dioses y reconoce la victoria de esos enormes colmillos en su torturada carne.
El dragón se incorpora dolorosamente. Sabe que no le queda mucho tiempo. Aletea como puede, hasta el lugar donde todo empezó. En las orillas del bosque, al lado del castillo.
Entre unos arbustos rescata el cuerpo mutilado de una mujer, hasta hace apenas unos minutos una bella y vivaz princesa. La coloca en su boca y levanta el vuelo.
Entre unos arbustos rescata el cuerpo mutilado de una mujer, hasta hace apenas unos minutos una bella y vivaz princesa. La coloca en su boca y levanta el vuelo.
Tiene los minutos contados, y por eso el esfuerzo es supremo. Logra llegar hasta una caverna oscura, en la cima de los montes linderos. Con un gruñido despierta a los grotescos seres que la habitan. Tres pequeños dragones, jovenes e inexpertos, responden al llamado.
Hambrientos, le quitan el cuerpo de la boca a su madre y comienzan a devorarlo. La dragona trastabilla, su cuerpo se echa hacia el vacío, y antes de caer al abismo se da cuenta que un rastro de sangre ha unido el bosque con su escondite. La brutal caída acaba con su vida.
Los dragones pequeños no se interesan por el ruido del impacto. Ni de los ruidos que provienen del vacío. Ruidos de cascos y espadas, de gente trepando. Se alimentan desesperados, sin ver los ojos que los acechan, las sombras que se les acercan. Los brillantes filos que los apuntan...
AtroZ

2 Comments:
Babooooo!! Ö
Que buena historia carajo! No es alegre y feliz... todos terminan mal, incluso los pobres dragoncitos van a morir... pero bueno, la ley de la vida es así (Mas si la escribe AtroZ [?]).
Nah, de verdad, me gusto mucho... "MOLTO BENE A+" (Alguién me explica que significa la "A+" en esas remeras?)
Saludos
Juan
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Anónimo, at 05 abril, 2006 11:17
che, no se ve la foto
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Anónimo, at 28 octubre, 2006 05:53
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