Caos Genérico

miércoles, marzo 29, 2006

Suerte Para Célebres




A menudo el gran Etiredon adivinaba el futuro. Nunca mejor dicho, puesto que el no tenía un don divino, ni disfrutabas de visiones o siquieras pistas o datos sueltos de lo que deparaba el porvenir.
Aún así, el tipo se tenía una confianza envidiable.

Desde pequeño, Etiredon aventuraba destinos y destinaba aventuras a sus compañeritos de primaria y aún a sus propias mascotas. Así fue que predijo que su gato con manchas sería vilmente asesinado, y a modo de autocomprobación, lo persiguió dos cuadras con un palo. Afortunadamente, el animal no creía en horoscopos y se perdió como pudo entre los pasajes del barrio.


Esto no fue desalentador para nuestro amigo, quien supuso que alguien en algún lado, iba a cumplir con lo prometido.
Se lo veía entrar a un salón, poner lo ojos en blanco y sentenciar, sin mayor argumento, que a tal o cual le iba a caer mal la sopa, y que la señorita de la mesa 3 le sería infiel a su pareja con el joven de la mesa 28. Esto, aunque le pese a la razón, provocaba que nadie tocara la sopa y que decenas de machos decididos se pelearan por ocupar la bendita mesa 28. Etiredon no cobraba sus servicios futurezcos, puesto que se pensaba como un mero peón de fuerzas superiores.

Así fue que un día, quien sabe si por autoconvencimiento o mero esfuerzo del intelecto, Etiredón tuvo una premonición real.
Se vio a sí mismo, viejo y solo, leyendo revistas añejas y bebiendo de una copa sucia. El miedo de aquella revelación no le impidió ver la oportunidad en todo aquello: Indudablemente Etiredon llegaría a viejo.

Montó un espectáculo monumental, en plena plaza de algún pueblo, donde, después de adivinar quién sería atacado por un dálmata rabioso un jueves lluvioso, y quien sufriría las consecuencias de extrema ingesta de tortitas negras, se propuso, por una colaboración mínima, a desafiar a la muerte.
La gente abonó sin vacilar, y ubicados todos en sus lugares, se escuchó una voz estremecedora. Haciendo ruidos en el micrófono, debido a que el presupuesto con el que contaba no permitía despilfarre en efectos de sonido, Etiredon advirtió a la sorprendida audiencia que él habia visto su propio destino.

Luego de una breve cháchara bufonezca, y algunos ruidos más de su garganta, el adivino levantó un sable que le había dejado un abuelo o un tío, y se lo enterró sin suspenso en el pecho.
MIentras lo asistían, ahi tirado en el suelo, en un charco de sangre y decepción, Etiredon comprendió que algo había fallado.

Mientras cerraba los ojos, se perdía en los planes del espectáculo de mañana, donde usaría algo más pequeño para apuñalarse, a fin de no manchar tanto el escenario.
Jamás perdió la fe en su supuesta destreza. Aún así, nunca supo que lo velaron un día jueves lluvioso, en que un dálmata rabioso mordió al hijo del dueño de la tintorería. Ni que la señora del Sereno casi muere de un empupe brutal de tortas negras. Y es el día de hoy, en que algunos muchachos malintencionados se acercan a su tumba con el fin de adivinar en que mesa les conviene sentarse.

AtroZ|Sh !

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